El tiempo y el dolor

las ramblas

El reloj y el almanaque implacable del tiempo nos va empujando con prisa para salir de donde creímos por un momento que se paraba. La vida nos saca a empujones de donde nos pasó el dolor, la felicidad, el deseo, el miedo, de donde creímos que las emociones se sobreponían a la cartesiana ecuación de la razón.

Ayer y anoche vivimos sobresaltados el dolor y el estupor de sabernos frágiles, futiles, de saber que apenas nos separan metros o segundos del horror caliente de morir o, mucho peor, de ver morir a alguien querido a manos de la mayor estupidez y vesania. La impudicia de las redes sociales nos hizo asomarnos a atropellos, heridas, tiroteos…hasta anestesiarnos. La ficción nos ha inyectado imágenes dramáticas, espectaculares, armónicas de la violencia y la muerte en las pantallas y en las páginas. Nos chocaba un poco ver a policías en pantalón corto abatir a tiros a un imbécil tambaleante y aterrado (¡ay, parece que no compensa el paraíso lleno de huríes!). Bien matado, por cierto. Ni un atisbo de pena por esa vida malgastada.

Hoy se va secando la sangre sobre las baldosas o el asfalto, los muertos y los heridos se van vistiendo de estadísticas y oliendo a la asepsia silente y helada de los hospitales y las autopsias. Han llegado las concentraciones y los manifiestos, las declaraciones altisonantes e inútiles de los políticos y los testimonios atropellados de los testigos administrando su minuto de protagonismo mediático. Las teles exprimen los testimonios para rellenar minutos u horas sin informar realmente de nada nuevo.

Apenas 24 horas después, todos hemos cambiado de marcha, se nos va preparando el cuerpo para que el horror se quede enredado en el papel arrugado de los periódicos o vaya perdiendo brillo y protagonismo en nuestras pantallas. Se van afilando los análisis y van aflorando las mezquindades y la miopía en las pancartas, las declaraciones, las columnas, las tertulias. Ya nos fijamos en qué banderas se colocan, en qué idioma nos arengan o informan, qué palabras se enfatizan o evitan. Nos empieza a caducar el dolor. Los ojos secos pueden ver con más nitidez la roña moral que nos embarra.

Volverá a pasar. En Madrid, en Londres, en Milán, en París…dondequiera que bulla la vida y la libertad. Volverán a salir de su nido caliente de consignas e ignorancia un grupo de ratas disfrazadas de héroes para hacer rodar una rueda de camión sobre un carrito con bebé, o para destazar a puñaladas a un abuelo en un parque, o para hacerse estallar junto a una multitud variopinta para que sus cuerpos reventados den sentido por unos segundos a su descerebrada lucha por tener sentido. No saben que la única muerte pertinente, necesaria y hasta urgente es la suya, que siempre llega demasiado tarde. Todo en nombre de un dios de cartón empapado en sangre que solo ha sido capaz de enterrar sus neuronas y su corazón en arena.

Y la vida sigue. Seguimos vivos.

Nuestros muertos. ¡Sus muertos!

El fútbol y yo. Amores no correspondidos.

futbol

 

El fútbol. Componente importante en muchas vidas, en los espacios y tiempos de mucha gente. Refugio, escondite o excusa de pasiones, desahogos, lealtades. No le voy a descubrir a nadie la sobredosis futbolera que sufrimos con solo asomarnos a las noticias, a las tertulias en los bares, a las conversaciones entre sordos apasionados y vehementes. Tampoco sería novedoso admitir que el cajón donde guardamos nuestras pasiones futboleras también se desborda de tópicos, fanatismo, y comportamientos gregarios y/o estúpidos. Los improbables lectores de mis diatribas escritas ya conocen mi escaso entusiasmo por el entorno mediático que envuelve de estupidez un deporte noble y hermoso.

Jugué al fútbol. Mal. Mucho. Con mucho más entusiasmo y dedicación que talento. Defensa tosco, marcador, correoso. Jugar al fútbol (más tarde al “futbito”) fue parte esencial del rincón donde me pasaba lo más apasionante en mi vida. Mis limitaciones físicas (asma, escasa estatura y fuerza) fueron excusa ideal para justificar mi escaso éxito como jugador durante mis nada dorados años de infancia y adolescencia. Me fue un poco mejor en mis años en el instituto, ya asomándome a los 17 o 18 años, cuando natura me estiró a lo alto y me libró de la pesada carga que lastraba a mis pulmones.

Los entrenamientos, los partidos fueron fuente de muchas y ricas complicidades con gente que todavía sigue formando parte de mi vida. Aprendí dos lecciones importantes como jugador de fútbol: asumir el fracaso y la limitación como componente de la vida y maximizar los escasos talentos o capacidades que me adornaban. Ahora, con perspectiva, concluyo que jugaba al fútbol muy parecido a como he hecho otras muchas cosas en mi vida; enseñar, estudiar, leer, escribir, cocinar, relacionarme…  No es un piropo espectacular, pero es mío.

Asocio jugar al fútbol con sensaciones que ahora se cuelgan en las paredes de mi memoria, con momentos felices y divertidos. Me huele a campo de tierra recién regada en verano, a terragal encharcado en invierno, a la cal inventándose un terreno de juego en lo que tenía toda la pinta de un descampado. Me huele al ambiente espeso y abigarrado del vestuario. Me suena a voces de amigos animando, exhortando o abroncando. Suena al choque sordo del balón en mis pies o en mi cabeza, a la pelea desabrida por un balón sobre la tierra. Suenan las duchas (casi siempre heladas) como fondo de voces en el vestuario tras la batalla, la complicidad bañada en cervezas después del partido. Duelen los golpes, las heridas como parte del paisaje que acompañaba al juego. Recuerdo los lunes en la facultad con vendajes, cojeras…heridas de guerra.

En fin, que he encontrado esta vieja foto (verano de 1985) y me han asaltado los recuerdos, las vivencias…los pespuntes calientes que nos unen a lo vivido.

¡Mueeero por un partidito!

CRÓNICAS ZAHAREÑAS.

Principios de agosto,2017.

El último baño

El dibujito, de Javier Hermida, ilustró un textillo del verano pasado: https://jamunozandrade.wordpress.com/2016/08/31/empujones-aldel-almanaque/

Martes, 1 de agosto.

Bajé a la playa, cobarde, cuando el sol ya se escondía por Trafalgar. El mar sigue ejerciendo su poderosa atracción sobre cualquiera que lo mire un rato, que se deje embaucar por imágenes, sonidos, olores que envuelven su inabarcable fuerza y belleza.

Un paseo corto buscando a mi familia me deja mirar los últimos coletazos de un día de playa para niños, familias, perros. Me engancha, como siempre, la adictiva hermosura de los niños ejerciendo su innegociable derecho a la felicidad. Me alegra ver a padres y madres derrochando tiempo, atención, palabras, gestos en hacer felices a sus hijos pequeños. Por una vez se dan cuenta de dónde está lo esencial y saben aparcar lo prescindible. Siento envidia.

Se ralentizan los tiempos y los movimientos conforme la luz va convirtiendo la playa en una paleta mágica de azules, verdes y naranjas meciéndose sobre las olas.

Una mujer hermosa se deja acariciar por la luz cálida y suave del ocaso.

Se apaga el día mientras lo escribo en mi cabeza. Me pasan parejas, niños, familias enfrascados en charlas sobre los planes para la noche, turnos de duchas, dudas sobre la cena…sobre lo realmente trascendente y urgente; ser inaplazablemente felices en el único tramo de tiempo que ahora importa: esta noche, como si fuera la última.

Miércoles, 2 de agosto.

Carretera y traslado a Barbate a por varios de mis ritos playeros favoritos: leer los periódicos desayunando con el mar de fondo, ojear y curiosear en el mercado.

Un segundo café en una terraza junto al mercado me deja mirar sin prisa cómo se va inflando la orquesta que llenará de vida, de olores, de voces el mercado. Un pescador acuclillado junto a un cubo de almejas atenaza una colilla humeante en un manojo de sarmiento disfrazado de manos. Me paro unos segundos en su mirada perdida, escéptica, en su piel acuchillada por el sol, el viento y la sal, en la dignidad forzosa y dura de la pobreza. Posiblemente mirando sarcástico a todos los que nos movemos alrededor disfrazados de veraneantes en sus muchas variantes de apariencia. No necesita calcular que cualquiera de nosotros ha derrochado en el alquiler de una semana lo que él no alcanza a ganar en meses. No pregona, no busca la mirada, no suplica. Me mira con una curiosidad somera mientras garabateo palabras en una servilleta después de mirar.

Jueves, 3 de agosto.

¡Se me escapa agosto!

Miro con recelo el calendario, se me estrechan las semanas en que me puedo permitir el lujazo de no hacer nada que no me dicte el deseo; leer, pasear, escribir, cocinar, mirar, compartir, …se me llena la cabeza de infinitivos que el resto del año me esconde detrás de los horarios y los calendarios. En Navidad volveré a pedirle a los Reyes tiempo, mucho tiempo. Me encanta(n) mi(s) trabajo(s) pero empieza(n) a cobrarse precios con los que no contaba la parte contratante de la primera parte.

Vuelvo a mi cafetería habitual de Zahara. Me encanta sentirme anónimo en los lugares donde desayuno, leo y escribo. Creo que la camarera me reconoce de otros veranos pero me hace el favor de la discreción y de comunicármelo con una sonrisa cómplice e inteligente. No me interesan las conversaciones en el resto de mesas (por cierto, poco vocingleras, un regalo) pero sí me gusta mirarlos y especular sobre sus vidas y sobre qué los trae al mismo lugar donde he decidido regalarme (¡comprarme!) tiempo.

Visito, como todas las mañanas, el mercado. Curioseo en los puestos de pescado. Me paro en uno de ellos donde la pescadera concede a una clienta con aires el derecho a sermonear sobre el pescado con la convicción, que comparto, de que no tiene la más remota idea de lo que está hablando. Todo tiene un precio. La vendedora aguanta el tirón de la señorona a cambio de esquilmar sin miramiento su abultada cartera. Me pilla la sonrisa de complicidad la pescadera, que tiene más kilómetros que el “papamóvil”. En este caso confieso mi simpatía con la parte abusadora, justicia poética.

Muchacha saliendo del mar.

Impúdica, irreverente, abusiva la belleza. Normalmente me sobra la gente cuando miro el mar. Es tanta la belleza, la fuerza, que la gente sólo añade ruido a momentos mágicos. Hay dos excepciones poderosas; la belleza inocente y virgen de los niños y la hermosura salvaje y desmesurada de una mujer salvaje y desmesuradamente hermosa.

Surgió del mar inesperada y poderosa, mientras el ocaso empezaba a jugar con la paleta de colores de las olas. Se dejó acariciar por la luz mientras el agua se precipitaba por su piel tostada. Se sabía hermosa, andaba con la convicción secreta de que estaba creando belleza al levantar los brazos y arreglarse la melena empapada de espaldas a una acuarela excesiva de azules y naranjas. Un instante, apenas unos segundos para dejar que el agua, la luz dorada y una docena de ojos se derramaran por su piel. La belleza, necesaria, imprescindible, efímera, ajena.

Sus ojos se tropiezan con mi mirada. Sonríe. Avanza hacia mí recortada contra un sol enorme. Bajo la mirada, culpable.

¡Dame la toalla, por favor! ¡La azul, a tu derecha!

¡Papáaaaaaa! ¡Ponte las gafaaaaaaas!

CENA EN CASA BLAS.

Los de Tripadvisor me dijeron que este abrevadero prometía. Promete y cumple.

Les ahorro la perorata gastronómica, cocinillas o “enoenterao”. Después de una cena estupenda en familia, magníficamente regada por cierto, mantengo una animada charla con el joven propietario del restaurante. Un chaval sensato, valiente, curioso, abierto a sugerencias y críticas. Por un momento me siento en fuera de juego al jugar el papel de cliente “enterao” dispuesto a gastar dinero en comida y vinos. Me sale el camarero o el cocinero que se me quedó dentro para ver las cosas, las reacciones, a la gente…desde el otro lado de la barra o de los fogones. Hace más de treinta años que colgué la chaquetilla de cocinero, pero hay querencias que se agarran fuerte.

La complicidad y simpatía del personal acaba de rematar una magnífica experiencia culinaria.

 

Un abrazo a mis compañeros, que siguen al pie del cañón en barras, comedores y cocinas.

Volviendo a la crítica gastronómica; si vienen a Zahara, regálense una cena en casa Blas. No, yo no la pago.

Días más tarde, debo añadir a la sugerencia gastronómica otros abrevaderos recomendables: El Refugio, Zocarrá, Pradillo, Taberna de la Tía Juana, Ramón Pipí…

 

 

LUNA LLENA.

Luna llena, preñada bailando sobre las olas en Zahara. Enorme agujero de luz sostenido sobre un  prisma de miradas. La luz de plata de la luna de agosto acariciando las arenas, empujando el agua salada hasta lamer golosa la playa, colándose en mil alcobas para regar con mareas de alfileres sobre carne caliente dos mil cuerpos borrachos de deseo.

Luna desnuda aupada en un cielo azul cobalto. Orgullosa, coqueta, indiferente, efímera.

 

COMER, BEBER, CHARLAR, COMPARTIR.

A nadie se le oculta que ni comer ni beber con amigos tienen mucho que ver con aprovisionarse de nutrientes, calmar el hambre o la sed. Nos visitan amigos para almorzar juntos, o almorzamos con amigos que nos visitan. Gente querida, limpia, decente. Los hijos, el trabajo, el descanso, la política…y el vino, y el pescado, y la carne. Compartimos dos botellas de un vino excepcional, queremos pensar que nos lo merecemos, que el precio desmesurado de cada botella está justificado porque celebramos cosas importantes, años de amistad y complicidad. Brindamos por la vida, por lo que realmente nos importa; las vidas de la gente que queremos, nuestros hijos, que van abriendo puertas y ventanas sin nosotros. Parejas, matrimonios, embarazos, planes de gente que empieza a disfrutar y a sufrir la vida adulta.

¡Salud, queridos!

AGLOMERACIONES

No me entusiasman las aglomeraciones, no me llama la concentración de gente. No  me atrae entrar en bares o restaurantes atestados de gente. El bullicio y el ruido me parecen antitéticos con el placer y la civilización.

Entro y salgo con presteza de mi cafetería habitual al verla llena y excesivamente ruidosa. Deambulo por los alrededores (Zahara no es precisamente Manhattan) hasta encontrar una cafetería casi vacía donde inyectarme cafeína y leer periódicos. Un hombre trastea con su portátil en la mesa de al lado, recibe visitas fugaces de una mujer que le deja bolsas y de un adolescente que le pide dinero. Le delata un gesto de alivio cuando vuelve a quedarse a solas. Lo celebra pidiendo otro café. Una mujer se sienta sola en una mesa junto a los ventanales. Me gusta cómo parece disfrutar no hacer nada más que contemplar la calle y el mar a lo lejos, sin gestos elocuentes, sin distraerse con teclados o pantallas. Sin preocuparse aparentemente de que tanto el solitario del portátil como yo la observamos. Me he preguntado mil veces cómo debe asumir una mujer hermosa sentirse observada, deseada, escrutada. Al volver la cara se cruzan nuestras miradas unos segundos. No me atrevo a invadir su soledad con un gesto de disculpa, una sonrisa. Bajo respetuosamente la mirada y vuelvo a la pantalla de mi tablet.

El mercado está atestado de gente y reventón de ruido. Me da pereza asomarme a los puestos para curiosear la oferta de pescado. MI ágorafobia puede con mi curiosidad de cocinillas. Hace calor. No es calor sevillano, pero el suficiente para volver al apartamento a leer y escribir abrazado al aire acondicionado.

Decido no bajar a la playa. Demasiada gente, arena caliente…demasiados obstáculos para llegar a la maravilla del agua de Zahara, una especie de piscina salada de cientos de metros de agua transparente. Me regalaré un baño breve a la puesta de sol. Placer de dioses.

 

NIÑOS JUGANDO

Ya conocéis mi debilidad por los niños si os habéis asomado a mis textillos. Me parecen el reflejo perfecto de la inocencia y de una testaruda fijación por la felicidad. Aún no les ha dado tiempo a aprender papelitos patéticos con los que bandearse como adolescentes o adultos.

La playa es un escenario ideal para mirarlos. Se dejan mirar regalándome su enorme indiferencia ante mi curiosidad, solo un estúpido adulto que los mira chapotear, construir, reírse, ser felices.

Me llenan sus sonrisas, sus gritos, sus gestos, su capacidad de convertir todos los objetos y lugares en juguetes, todas las actividades en juego, lo único importante. También me llena la felicidad de sus padres al contemplar el mayor espectáculo de su vida: la felicidad de sus hijos. Por una vez en el año entienden las prioridades innegociables de sus hijos y no hay obligaciones prescindibles y postergables que las impidan o retrasen.

Se rompe el encanto cuando los padres tienen que arrastrar, literalmente, a sus hijos para sacarlos del agua o de la arena. Ducharse, comer, vestirse…vienen a interferir entre los pequeños monstruos y su felicidad.

Mañana más.

8 DE AGOSTO

¡55 castañazos!

Hierve el wassap, el twitter, el Facebook con las felicitaciones de amigos, conocidos, ex almunos, padres de alumnos, vecinos y desconocidos. Por mucho escepticismo que uno eche al muy volátil e invasivo mundo de las relaciones digitales, no deja de ser un regalazo sentir a tanta gente cerca. Mi agradecimiento a las nuevas tecnologías por mantenerme en contacto con tanta gente querida.

Habrá tiempo para celebrar cosas guapas con gente en cuanto vuelva a casa en carne mortal, no sólo en las pantallas. Se van amontonando las convocatorias, comidas, encuentros. No me sobran las llamas, poderosas o pequeñas de las amistades y las complicidades. Hago lo que puedo por mantenerlas.

Ni un gestito de incomodidad o de indiferencia impostada ante la agradable avalancha de mensajes. Solo agradecimiento.

Gracias a todos. 55 abrazos. Ya sabéis que durante 365 días estos dos numeritos configuran la edad ideal. Es la primera vez en mi vida que los cumplo. Y la última.

Dentro de un año volvemos a escribirnos y a celebrar juntos la vida, cuando me dé cuenta de que empieza a los 56.

DE CATÁLOGO. 9 de agosto.

Vuelvo a la cafetería del hotel a desayunar. Vuelvo a encontrarme a algunos de los personajes. Ellos vuelven a encontrarme a mí. Nos mostramos una aparente indiferencia compartida e impostada.

Escribo “de catálogo” en una servilleta al contemplar a una familia dispuestos y ataviados para iniciar un día de playa. Intento superar la tontería de atribuir estereotipos a los demás y pretender estar libre de ellos yo mismo. Un matrimonio joven y apuesto, clase media alta, acento norteño, con cuatro preciosos cachorros igualmente ataviados, peinados, usando un catálogo de frases y gestos que dejen claro el pedigrí.

Somos, todos, de catálogo. Todos nos acunamos en guiones y atrezzos en los que nos sentimos cómodos, miembros de un grupo, reconocibles para los miembros de nuestra tribu y para las otras tribus que, indefectiblemente, están equivocadas y “se les ve el cartón”. Especulo unos segundos con los atributos de catálogo que el mesocrático matrimonio podría atribuirme. Puedo hacerlo yo mismo, y con mayor crueldad.

Paso por el mercado, como cada mañana. Algunas partes del atún a más de 30 eurazos el kilo, acedías a 15, corvina a 24, gambones congelados a 14. No hay un patrón matemático (oscilan entre un 50 y un 100% de subidón) salvo el de desplumar a los sufridos visitantes del pueblo, ansiosos por cocinar algo genuinamente marinero y glosarlo, convenientemente aliñado para mayor gloria del comprador y el cocinero, un par de meses en cenas con amigos que se castigan con narraciones sobre las vacaciones. Yo también he comprado a esos precios otros días. Confieso.

En pleno debate sobre la viabilidad del turismo, la asunción de que cualquiera que visite un lugar turístico es un adinerado gilipollas puede acabar disparándonos en el pie del turismo (el único pie solvente en nuestra economía).

DESEO A LA LUZ DE LA LUNA

Estuvo en mi deseo toda la noche mientras cenábamos a la luz de la luna llena. El vino, los platos, la charla cómplice, los guiños y risas paladeando un postre compartido…fueron un preludio al cénit deseado de una noche llena de buenos presagios, en la que todos los guiones llevaban al final feliz, a que mis manos y mi boca acariciaran y devoraran su perfección.

Me miró, devolví cómplice una mirada de asentimiento, una bajada de párpados, una inclinación leve de la cabeza, solo obvio y elocuente para nosotros,  que nos habíamos leído y saciado el deseo en otras noches como ésta.

Rocé inquieto las yemas de mis dedos, como preparándolas para el regalo inminente de su tacto en mis manos. Me mordí el labio impaciente mientras se desnudaba de transparencias y se derramaba lenta sobre los relieves redondeados, rebosando levemente los bordes del lecho donde me esperaba, anhelante, deseando el roce de mis dedos sobre sus curvas perladas. Sentí su humedad en mis dedos mientras acercaba a mis labios el perfil duro de su seno. Cerré los ojos al sentir cómo se deslizaba impaciente entre mis labios, cómo la caricia amarga de sus jugos se colaba entre mis dientes. Clavé mis ojos en los suyos, sonreí y le susurré al oído…que me pusiera un poco más de ginebra en mi gin-tonic.

Muchacha saliendo del mar

Impúdica, irreverente, abusiva la belleza. Normalmente me sobra la gente cuando miro el mar. Hay dos excepciones poderosas: la belleza inocente y virgen de los niños y la hermosura salvaje y desmesurada de una mujer salvaje y desmesuradamente hermosa. 

Surgió del mar inesperada y poderosa mientras el ocaso jugaba con la paleta de colores de las olas. Se dejó acariciar por la luz mientras el agua se precipita a por su piel tostada. Se sabía hermosa, caminaba con la secreta convicción de su belleza al alzar los brazos para arreglarse la melena en medio de un torbellino de azules y naranjas. Apenas unos segundos para dejar que el agua, la luz dorada y una docena de ojos se derramada sobre su piel. La belleza. Necesaria, imprescindible, efímera, ajena. 

Sus ojos tropezaron con los mios. Me sonrió. Avanzó hacia mí recortada contra un sol enorme hundiéndose a su espalda. Bajé la mirada, culpable. 

¡La toalla, por favor! ¡La azul, a tu derecha! 

¡Ponte las gafas, papá! 

Verano en Alcalá

Verano en Alcalá. Javier Hermida 54

 

Publicado en “La Voz de Alcalá”, 1 de agosto 2017.

El calendario ha empujado los días hasta asomarlos al páramo en llamas de agosto. Se nos agolpan los planes, las citas, los libros que no leeremos, las cenas fallidas con amigos, los viajes que nunca haremos. Se derraman las conversaciones, más livianas, más intrascendentes, más prescindibles. Se nos escapa el ansiado tiempo de ocio entre los dedos con prisa del almanaque.

Vamos a o volvemos de lugares donde hemos estado o sido, o donde fingir que estamos o somos. Nos maltratan las televisiones y los periódicos con más empeño que el resto del año en tomarnos por un poquito más estúpidos y dóciles. Se ralentizan las noticias, adelgazan los periódicos. Estalla la asquerosa violencia machista, los incendios, alguna catástrofe lejana, el desastre de la pobreza ahogándose en el Mediterráneo.

Alcalá se despierta guapa y fresca en las mañanas de verano, ahormando la luz que se vierte desde Gandul para que le quepa el río, el parque, el castillo. Se van dibujando los barrios, las calles, las plazas conforme la luz los acaricia y los llena de vida. Repican platos y tazas en los bares, crepita el tráfico sobre el asfalto, garabatean trayectorias las gentes que se afanan por ocupar la ciudad antes de que el sol la arrase. El río saca de la mano a los caminantes más madrugadores, el arrullo del agua amortigua sus pasos sobre el albero. Se despiertan las tiendas, los negocios, las fábricas con un estruendo metálico y seco. Muerde la vida la carne todavía tibia del día.

Se esconde la gente, las conversaciones…cuando la mano caliente del sol barre las calles aplastando el aire contra el asfalto y la cal. Se parapeta cobarde la vida detrás de los paréntesis de sombra hasta que el sol canalla se desploma lento en un incendio de naranjas calientes que el azul va apagando sin prisas sobre el pespunte de luces de Sevilla. Tarde, muy tarde. Vuelve a asomarse la vida, la gente, a las calles, a los patios, a las terrazas mientras la noche va empujando despacio el aire caliente hasta derramarlo al otro lado de un paréntesis en forma de luna.

¡Feliz agosto, paisanos!

Muchacha tras los visillos

ventana noche

Muchacha tras los visillos.

Desvío la vista del libro en una tórrida noche de verano y me atrapas al otro lado de la ventana. Una brisa leve mueve tus visillos blancos tras los que mis ojos te encuentran apenas acariciada por la luz de la luna.

Apago la luz, culpable, para mirarte sin miedo desde mi ventana. Tu cuerpo asoma trazos a la luz velada por la caricia blanca de los visillos. Recompongo en mi mente tu hermoso cuerpo desnudo con las pinceladas desvaídas que se derraman en la acuarela azul de la noche. Surgen tus caderas en un giro, se deslizan tus piernas por un vuelo de los visillos, se columpia tu melena poderosa mientras –supongo- coqueteas con un espejo, se dibujan trazos curvos de tus pechos tras las volutas blancas. La brisa empuja en un segundo los visillos para acariciar tu cintura.

No te conozco, no sé quién juega con mis ojos al otro lado de la ventana. No te he visto entrar ni salir del edificio, no me he cruzado contigo en la calle. Estás hermosamente desnuda, ajena a mí, al otro lado de la calle. Llenando de luz, de deseo, de belleza un instante azul de una noche de verano. Poderosa, frágil, carnal, leve.

Estalla plana la luz al otro lado de los visillos. Cae rotunda la persiana rompiendo el silencio de la noche. Has llegado a casa, supongo. Fue hermoso no verte al otro lado.

Vuelvo a la lectura.

“Una mujer desnuda y en lo oscuro” JM Serrat / M. Benedetti