Soy indeciso

Soy/estoy indeciso respecto a las próximas elecciones generales. Estoy en el partido ganador. Ninguno de los contendientes sueña con acercarse a ese 40% de votantes que se confiesan indecisos (o esconden la manita…). No me gusta, no me hace mucha gracia. Nada tiene de malo estar indeciso en unas elecciones, pero sí hay mucho de malo en que la mediocridad y mendacidad de las fuerzas políticas fuercen a mucha gente a deshojar margaritas para tener que comérselas.

Sé que gran parte de las decisiones electorales se toman por adhesiones o rechazos o por un cóctel de los dos que aboca al mal menor. Mi cóctel tiene más rechazos que adhesiones a las fuerzas con posibilidades de influir en la vida política (y económica, y social y ciudadana…) en los próximos años. Podría también tirar mi voto (muy respetable, por cierto) y votar a alguna candidatura con nulas posibilidades de superar los filtros de nuestra ley electoral (que no me gusta mucho, todo sea dicho). No lo haré. También se puede no votar. Igualmente respetable.

Podemos votar por principios ideológicos a la opción que más haya maquillado su programa para parecerse a ellos. También podemos votar por el liderazgo poderoso de algunos de nuestros dirigentes partidarios y por su credibilidad. Nos han engañado en el pasado varios líderes más efectistas que efectivos. No es el caso en estas elecciones, los líderes me parecen bascular entre pésimos y malos. Me preocupa/cabrea el hecho de que, una vez votados, los partidos se adueñan de nuestro sufragio como si implicara una adhesión inquebrantable a lo que vayan a hacer con él. No volverán a dar la cara ante sus electores hasta los próximos comicios, le darán vueltas a la llavecita en el escaño según le indique el partido (tampoco hay que ser muy despabilado para esta labor política). Se puede votar por convicción, por responsabilidad, por cálculos postelectorales (complicado teniendo en cuenta que mentimos en las encuestas como bellacos), por miedo, por intereses, por ética y por estética.

Este último criterio, el voto estético, me parece uno de los más analizables. Conozco a votantes de extrema izquierda con vidas, actitudes y decisiones sobradamente neoliberales. También conozco a neoliberales abrazados al Estado del Bienestar que intentan derribar (si les dan subvención de dinerito público para la obra). Hay izquierdistas machistas e insolidarios, conservadores dispuestos a arrimar el hombro, feministas dogmáticos/as, neoliberales subvencionados convencidos de que la selva del mercado debe regir la vida (de los demás), comunistas defraudadores…hay hasta izquierdistas que defienden, entienden… lo más retrógrado, conservador y clasista del espectro político; el nacionalismo supremacista. También hay patriotas dispuestos a que muchos de sus compatriotas se vayan al carajo. No me fío de las banderitas, de los eslóganes, de los discursos inflamados, de las estrategias en los debates, de las promesas. Todos esconden algo tan “escondible” como la inoperancia, la insolvencia, la irresponsabilidad de los que las enarbolan, escriben o proclaman en el mayor acto de insulto a la inteligencia, a la memoria y al sentido común de sus electores; la campaña electoral.

Desconfío de las descalificaciones “a manta” tanto como de las asunciones de bondades que se asocian (así, por el morro, sin mayor compromiso hechos mediante) a adscripciones políticas y sociales. Ni la izquierda tiene el monopolio de la ética y de la defensa de los más débiles (¡ni de la cultura!) ni la derecha es la defensora unívoca de la eficacia económica y de la buena administración. Nos sobran ejemplos en los últimos cuarenta años para que no nos vendan estas burras cargaditas de ortopedia.

No me planteo votar a VOX, no sólo por sus ideas disparatadas y su ultraconservadurismo de opereta sino también por haberse articulado como fuerza política exclusivamente alrededor de provocar follón mediático (que les ha dado y les dará buenos réditos electorales) con sus provocaciones. Saben que hay votantes que no comulgan con sus ideas pero que están dispuestos a cambiar su voto por una patada en el culo de la política (cuidadín con estas patadas, que tienen retroceso. Patán inquilino de una casa blanca, un poné). No me gusta el PP, ni sus planteamientos político-económicos ni su pacato y antiguo conservadurismo social (muchos de sus votantes son más modernos y abiertos) ni su liderazgo neoaznarista disfrazado de atrezzo de “Amo a Laura”. No me convence Ciudadanos con su baile de la yenka político; su indefinición y sus cálcujlos electoralistas los hacen poco fiables. No tienen líderes solventes más allá de la cúpula política (Rivera, Arrimadas, Girauta, Villegas) y económica (Garicano) y corren el riesgo de convertirse en refugio de buscavidas políticos. Tampoco me entusiasma que usen el patrioterismo y el miedo como argumento político. No me fío de un PSOE consagrado al proyecto personal del líder más mediocre de su historia (increíble que haya superado en esto a Zapatero) y dispuesto al chalaneo político irresponsable con tal de mantenerse en el poder. Sería mi opción política si ellos mismos no la hubieran desmantelado. Dejó de serlo (O tempora!). No quiero votar a Podemos para respaldar el uso de la demagogia como único recurso político (sí, todos los demás también usan la demagogia) para alcanzar cuotas de poder. Se ha tragado una opción política que he votado varias veces y que el nuevo liderazgo (Garzón) ha entregado/enterrado para dejarnos huérfanos a millones de votantes. Lo sé, hay aspectos defendibles en las fuerzas políticas arriba descalificadas (lo de VOX es otro cantar), las he votado muchas veces, las vais/vamos a votar otra vez.

Quiero votar a quien defienda un Estado social solidario con los menos favorecidos, a quien ponga coto a los poderes económicos capaces de mediatizar decisiones políticas que no les convengan, a quien defienda la Educación y la Sanidad públicas de calidad, a quien defienda nuestra constitución (sí, se puede cambiar y mejorar pero no pisoteando derechos), a quien defienda derechos de minorías y garantice la protección contra discriminaciones económicas, sociales, raciales, religiosas o sexuales, a quien piense más en el futuro (demografía, pensiones, empleo, sostenibilidad de los servicios y las prestaciones sociales…) que en las próximas elecciones, a quien esté dispuesto a decirle la verdad a la gente aunque les cueste votos.

Bonito panorama.

No, no voy a abstenerme.

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LA CHARLA POLÍTICA QUE NO TUVE CON MIS ALUMNOS

“The demagogue is one who preaches doctrines he knows to be untrue to men he knows to be idiots.” H. L. Mencken.


Estamos inmersos en una campaña especialmente trufada de falsedades, demagogia, cinismo, insultos a la inteligencia, al sentido común y a la memoria de los ciudadanos medianamente informados (no, no son mayoría, en mi opinión). No es nada nuevo que los políticos abracen la demagogia y abusen de las descalificaciones y de las falsedades, sí es nuevo y preocupante el volumen y poder que han alcanzado en los últimos años. No me preocupa tanto cuánto puede afectar a mis decisiones electorales o a la de gente que me rodea (ya llevamos mucha mili política encima para que los cantos de sirena nos aturullen, si nos engañan es nuestra responsabilidad) como cuánto y cómo puede afectar a los votantes más jóvenes y (aún) menos informados.

El cinismo, las descalificaciones facilonas, un estilo dialéctico falazmente agresivo en las discusiones políticas en redes sociales…son tentaciones poderosas en el debate político. También son muy peligrosas para quienes puedan escucharnos o leernos y puedan inferir que son algo más que humo o espuma. Tengo tentaciones diarias de entrar al trapo, especialmente en internet y en redes sociales ante los disparates que nos escupe la campaña (sí, por parte de TODOS los candidatos y fuerzas políticas), pero intento que lo que diga o escriba se corresponda más con lo que realmente pienso que con alardes dialécticos tan resultones como poco útiles para quien me escuche o lea. No creo que mis opiniones políticas influyan a nadie ni aspiro a ello pero tanto mi posición como profesor de adolescentes como la poderosa capacidad de difusión de las pantallas son elementos disuasorios para el cinismo y los brochazos dialécticos.

Hoy he preguntado a mis queridos monstruos de 4º de E.S.O. si tendrían clara su opción política si tuvieran que votar el próximo 28 de abril. Junto con expresiones o gestos de indiferencia o confusión me ha sorprendido un porcentaje inesperadamente alto de alumnos que sí tenían clara su opción. No sé si es bueno o malo, sí me parece sorprendente.

Tuve por segundos la tentación de convertir mi clase (una aburrida lección práctica sobre el uso de “linking words”) en un debate sobre política, elecciones, manipulación mediática…y sobre la responsabilidad que van a asumir en dos o tres años (ellos no saben que dos o tres años es solamente un poco más largo que un suspiro); tomar opciones y decisiones políticas sobre quién y cómo gobierna nuestro país, ciudad, comunidad, dineros, derechos. No lo hice. La auto-censura empieza a ser un elemento poderoso en la relación del profesorado con sus clases. Nunca he sido especialmente prudente en mi trabajo en las aulas pero los nubarrones actuales no anuncian chubascos sino tormentas.

Les habría dicho que tienen que tomarse muy en serio su responsabilidad, que tienen que aprender a discernir “las voces de los ecos” en el debate político; que hay realidades que no se cambian con eslóganes resultones; que los derechos que no se defienden se acaban perdiendo; que el mercado de los neoliberales no les va a solucionar nada más que su contribución a la maquinaria del consumo;  que las promesas más atractivas de los más progresistas venden soluciones que no tienen; que no, no da igual quién ni cómo se gobierne un país; que los políticos respetarán su opinión y sus intereses sólo si se convierten en ciudadanos exigentes, críticos e informados; que no pueden fiarse ciegamente de NINGÚN medio de comunicación; que no todos los políticos son corruptos o falaces pero que si no se les controla y exige el sistema se lo pone absurdamente fácil; que hay poderes que escapan a la decisión y al control de los ciudadanos y que van a decidir mucho más que los políticos que elijan; que es verdad que su voto puede no cambiar nada pero que puede empujar para que millones de votos como el suyo sí lo consigan; que tendrán que votar a líderes o formaciones con las que apenas comparten un porcentaje muy pequeño de ideas o en cuya solvencia y capacidad apenas creen; que tienen la obligación moral de convertirse en ciudadanos informados, libres para que no los traten como a idiotas (en el sentido griego clásico y en el español actual). Que lean, estudien, escuchen, aprendan. Que se conviertan en hombres y mujeres cultos/as.

Pero no se lo dije. Seguí dándoles la tabarra con “although”, “in spite of”, “therefore” hasta completar una lección olvidable más, y van…

Reseña improvisada de “Cuaderno de un profesor”, de Alberto Royo

Aprovecho un muy bienvenido hueco de ocupaciones en una mañana de clases para improvisar unas reflexiones sobre la lectura del libro de Alberto. No descarto editar ni modificar algunos de los contenidos más adelante.

He leído y disfrutado el último libro de Alberto Royo; Cuaderno de un profesor. Conocí a Alberto a través de su primer libro; Contra la nueva educación, que reseñé aquí. De aquellas discrepancias y coincidencias en temas educativos surgió un enriquecedor (para mí) intercambio de ideas y pareceres sobre un tema que a ambos nos ocupa y preocupa; la educación púbica española. Debo admitir que el balance es sumamente positivo y que predominan las coincidencias en lo esencial sobre las discrepancias en matices y visiones sobre el tema educativo.

Critiqué que en su primer libro se asociara (a manta, con pocos matices o excepciones) la innovación educativa con la adhesión vacua a modas pedagógicas sin mucho fundamento. Creo que llevaba y lleva razón en parte pero también creo que resulta injusta. También critiqué que sus planteamientos, cabales y razonados, dieran pie a que muchos denostadores de la innovación educativa se arrogaran probidad profesional como defensores de un enfoque más tradicional de la enseñanza por el simple hecho de descalificar o ridiculizar enfoques ajenos. Sigo creyendo que en la defensa de ambas posiciones hay tanto gente válida y competente como farsantes que ocultan su falta de profesionalidad en innovaciones “a la violeta” o en defensa de enfoques didácticos tradicionales (sí se puede ser tradicional e ineficaz). Hay tanto innovaciones como tradiciones válidas e inútiles.

Su tercer libro (el segundo fue La sociedad gaseosa) muestra una (para mí) muy valiosa evolución desde sus primeros posicionamientos respecto a temas educativos. Alberto sigue defendiendo las mismas ideas, con las que en gran parte coincido, pero incorporando muchos más matices y, en este libro, confrontando sus principios con la realidad diaria en las aulas (loable ejercicio de coherencia por su parte). Ya vi esa misma evolución en La sociedad gaseosa y creo que culmina en su Cuaderno de un profesor.

El libro está escrito en forma de diario, incorporando experiencias en las aulas y reflexiones sobre la realidad diaria en el trabajo de un profesor de instituto. Este enfoque facilita la identificación de multitud de profesores en situaciones parecidas con la visión y las reflexiones de Alberto. Son multitud de ventanas a la realidad de las aulas; la convivencia y los problemas disciplinarios, la sobrecarga burocrática, la falta de conocimientos y de interés de los alumnos, el clima de desprecio por el trabajo y el aprendizaje. Todo familiar y conocido para los que estamos en las aulas, quizás no tanto para el público general que suele asomarse a la realidad educativa con espejos deformantes o con cristales tintados.

Asoman en su diario los temas habituales de las preocupaciones de Alberto sobre la educación; la formación del profesorado, la defensa de la transmisión/adquisición de conocimientos como eje central del trabajo en las aulas, la sobrecarga de trabajo burocrático y poco productivo que sufrimos los profesores, los ínfimos niveles de conocimientos de porcentajes altos de alumnos, la inflación y patologización de problemas de aprendizaje y conducta que abunda entre el alumnado, el valor y la utilidad de los exámenes y el trabajo en casa, la eficacia y justicia del sistema de acceso a una plaza de profesor en el sistema público. Como en sus dos primeros libros y en multitud de debates en Facebook, discrepamos en algunos matices pero coincidimos en lo esencial.

Creo que lo más valioso del libro es dejar que los lectores seamos testigos del brillante trabajo educativo de Alberto y constatemos que la calidad de su ejercicio profesional depende de varios ejes innegociables; su sólida preparación y solvencia profesional como músico, su constancia y trabajo tanto dentro como fuera de las aulas, su implicación y compromiso con la enseñanza de calidad. Suelo decir que una buena manera de elegir a profesores sería decidir a qué profesores querríamos para nuestros propios hijos. Yo elegiría sin dudarlo a Alberto como profesor de música de mis hijos. Su implicación le lleva a buscar continuas maneras de facilitar el aprendizaje de sus alumnos, con exigencia, rigor y generosidad (regalando tiempo, trabajo, dedicación, no calificaciones engañosas). Sus clases rezuman rigor, pasión por la materia que enseña (música) y un amplio abanico de recursos didácticos más cercanos a la innovación educativa real y efectiva que al inmovilismo educativo al que algunos de los denostadores de la innovación se aferran. Ni disfrazar naderías con nuevas tecnologías ni aferrarse a enfoques que no funcionan aportan nada útil al proceso de enseñanza/aprendizaje.

Echo de menos más presencia de dos temas que me interesan y preocupan en nuestro paisaje educativo; la intromisión apabullante de padres y madres (y la no asunción de sus obligaciones educativas) en temas educativos y los distintos perfiles (solvencia, implicación, eficacia, preparación…) y enfoques didácticos que pueblan un claustro de profesores. Comparto con Alberto la convicción de que la clave del buen funcionamiento del sistema educativo es la preparación y el buen hacer profesional del profesorado. Discrepo en que la sola superación del proceso de selección (oposiciones) garantice la idoneidad profesional del profesorado (no lo dice así literalmente Alberto en el libro). También discrepo de su aseveración de que “a enseñar se aprende enseñando”, que es cierta, pero, creo, incompleta. Se puede adelantar y maximizar la formación del profesorado para que conozca, domine y aplique desde el principio lo que los veteranos hemos aprendido a base de experiencia.

Un componente esencial y valiosísimo de su libro es el ingente caudal de sugerencias musicales que acompañan sus trayectos al instituto, sus tardes o noches preparando clases. Alberto consigue en muchos casos vincular la reflexión educativa con matices de la música que elige. Magnífica idea. Esta apabullante solvencia en el dominio (teórico y práctico, Alberto es un guitarrista excepcional) de su materia es un ejemplo magnífico de lo que debería respaldar el trabajo del profesorado en las aulas. Yo no podría hacer un trabajo remotamente decente como profesor de música por mi también apabullante ignorancia en la materia.

Felicidades, Alberto. Un orgullo compartir profesión y desvelos educativos contigo. Te deseo todo el éxito del mundo.

LA ESQUINITA DE LA PAPELETA.

Me he quejado repetidas veces de la orfandad y estupor de muchos votantes ante el panorama político actual. Afrontaremos una avalancha propagandística en las próximas semanas y me temo que a gran parte de la ciudadanía nos pilla asqueada, desilusionada, distanciada del compromiso ciudadano que implica el sufragio.

Estoy cansado de debates falsos, de la polarización artificial del debate político. Estoy harto de la mediocridad y mendacidad de gran parte de los candidatos entre los que tendremos que elegir. Estoy desilusionado de unas fuerzas de izquierda que nos han tomado por imbéciles al agitar las justas reivindicaciones de justicia social como señuelo de la realidad que esconden; desde inoperancia o demagogia hasta connivencia con lo más reaccionario y clasista (el nacionalismo supremacista, un poné). Obviamente, estoy más cerca de quienes defiendan la enseñanza y la sanidad pública, la viabilidad y justicia del sistema de pensiones, el apoyo a ideas de progreso en ámbitos de género, igualdad, medio ambiente…pero no basta con enarbolarlas en mítines con voz tronante sobre un fondo de banderitas para que alguien sensato e informado los siga y vote. Hace falta algo más; credibilidad, capacidad, respeto por la inteligencia (¡y la memoria!) de los votantes. Los votantes conservadores no lo tienen fácil, tampoco, pero me preocupa menos.

A los puretones nos pilla con mucha mili y muchos desengaños políticos. La mayoría acaba (acabamos) buscando una esquinita de la papeleta que se salve de la demagogia, la falacia, los disparates, la mendacidad, la corrupción, la mediocridad. Me preocupa más el distanciamiento y el estupor de los más jóvenes. Creo que no les ayuda la polarización teatralizada que observan en el debate político y en nuestros propios comentarios y reacciones. Disfrazar de fachas a todos los que se muevan por el espectro conservador y de populistas peligrosos a todos los que se digan de izquierda ni es justo ni ayuda a quienes todavía no saben que todo ese debate es completamente falso. Resultón para las tertulias y las redes sociales, pero falso.

¡Votad, queridos! Os vais (¡nos vamos!) a equivocar.

El nomenclátor. Entre lo ordinario y lo extraordinario.

Homenaje a Barranco. Javier Hermida 56

No vivimos en una ciudad que provoque intensa presencia mediática ni que sea vivero  abundante de personajes públicos que destaquen más allá de la vida en nuestra ciudad. Unas veces (muchas y con razón) está uno orgulloso de nuestro patrimonio histórico y natural y otras se siente cómplice pasivo de alguna que otra catetada.

Algunas decisiones sobre el nomenclátor de la ciudad levantan ampollas, otras indiferencia, otras asombro. La decisión más reciente es nombrar una calle con el nombre de un paisano que triunfa en televisión. Roberto Leal es un joven profesional en un magnífico momento, y un tipo parece que solvente, sencillo y con la cabeza bien amueblada. Sin embargo, concederle la denominación de una calle en una ciudad de 70000 habitantes me parece excesivo y huele más a buscar notoriedad mediática por parte del Ayuntamiento que a criterios lógicos de decisión respecto al nomenclátor en nuestra ciudad.

En los últimos años ha habido otras iniciativas no menos cortas de luces que me parecen igualmente desafortunadas. Inventarse o inflar méritos y trayectorias profesionales de candidatos a plantar su nombre en el mapa de la ciudad no rebaja el ridículo sino que lo acrecienta. Hay multitud de gente decente a la que agradecer que haya trabajado mucho y cabalmente en nuestra ciudad (maestros, médicos, kioskeros, policías, curas…) pero me parece excesivo su paso al callejero sin una aportación extraordinaria. Tampoco me parece conveniente perpetuar el abuso de nombres religiosos.

Deberían seguirse unos criterios claros para evaluar las propuestas. No basta con tener mayor o menor presencia en la vida social ni contar con más o menos amigos entusiastas. No es fácil. ¿Tengo propuestas? ¡Varias! Una ciudad con el magnífico historial de buenos pintores (y de no tan buenos con calle y todo…) se ha olvidado de uno de los más grandes, Francisco Barranco, que sí fue un artista extraordinario. ¡Imperdonable(s) la injusticia y/o la ignorancia! Termino con una propuesta que puede crear polémica pero me parece justa; creo que la figura de Francisco Caraballo Mantecón merece una calle o plaza en o cerca de su gran obra; la barriada Pablo VI.

50 (o más) sombras del gris

50 sombras de gris.jpg
JAVIER HERMIDA 56

“La Voz de Alcalá” febrero 2019

Las redes sociales han puesto balcones a la calle (con altavoces al mundo mundial) para opinar, exponer, difamar, inventar o falsear. También han propiciado un estilo dialéctico directo y agresivo poco amigo de las matizaciones y, mucho menos, de contemplar argumentos ajenos que pueden desmontar o mejorar los nuestros. Esta tendencia a dividir el mundo y las opiniones en blancos o negros puede ser bienvenida para quienes miran la vida con las gafas del dogmatismo que han elegido. También para quienes se apuntan a guiones pre-escritos a la sombra de una etiqueta ideológica que creen acertada y, lo peor, baluarte de toda duda.

El peligro de la auto-censura a la hora de discrepar de dogmas asentados es potente y tentador. Salir al foro público (las redes son hoy el foro público por excelencia) desnudo de disfraces suele provocar polémicas, descalificaciones más provocadas por el propio miedo a afrontar debates serios que por la solidez o inconsistencia de las ideas que se ponen sobre la mesa.    Nos está pasando con temas muy relevantes, y me parece peligroso para nuestra salud democrática. Sustituir un dogmatismo ideológicamente lejano por otro que se acerque más a nuestras ideas no sólo no es solución, es parte esencial del problema.

Discrepo con algunos planteamientos de organizaciones feministas y no me convierte en machista violador. Se puede estar al lado de una buena causa y equivocarse de lleno, lo que acaba perjudicando seriamente a la causa. También discrepo de quienes quieren defender a los inmigrantes levantando todas las restricciones al movimiento migratorio porque sienten más apego al lema resultón que a la eficacia (para los propios inmigrantes) de lo que propone. Discrepo con propuestas económicas que concitan aplauso inmediato y demagógico al proponer gastar recursos que no se tienen. Discrepo enormemente con quienes aprovechan las emociones y frustraciones de la gente para proponerles soluciones falsas. Discrepo con quienes se niegan a afrontar el problemón (difícilmente soluble) de nuestro sistema de pensiones porque, obviamente, sería inmensamente impopular entre los perjudicados. Discrepo con quienes defienden una educación y una sanidad públicas de calidad pero se niegan a aceptar que son protagonistas como usuarios o como agentes de parte de los males que las aquejan. Discrepo con la demagogia y la desvergüenza de fuerzas políticas que se arrogan monopolios de la defensa de derechos e ideas. Discrepo con descalificar como fascista a todo lo que se mueva a mi derecha y como estalinista a todo lo que pulule a mi izquierda.

Discrepo, mucho, conmigo. Pero ese es otro tema.

 

Me gusta cuando callan…

abofeteador

Hay dos vueltas a las barricadas de las aulas importantes durante el curso. La más importante, sin duda, es el comienzo de un nuevo curso en septiembre, con sus ritos, frustraciones, resignación y, por qué no, ilusión correpsondientes. No es el caso hoy. Hoy ha tenido lugar la vuelta al tajo después del parón navideño. 17 días este año. Ni una queja. Nada de síndromes inventados por los telediarios para rellenar tiempo. Cualquiera que no tenga acceso a estos parones vacacionales privilegiados me correría a babuchazos con toda razón.
No soy especialmente prolijo en repartir saluditos y frasecitas de guion tras las vacaciones. Digamos que tengo un sentido espartano del lenguaje protocolario. De todos modos, no es desagradable el encuentro con los colegas. Tampoco me produce escalofríos volver a meterme en un aula con mis pequeños monstruos. Afortunadamente, suelo tener relaciones más que aceptables con mis alumnos.
Lo que sí me choca cada vuelta al tajo es el ruido. 33 cursos ya a las espaldas y no consigo resignarme a la pasión decibélica de los chavales. El murmullo de conversaciones que encuentro al acceder al aula sube exponencialmente de volumen en cuanto son conscientes de mi presencia, y, mientras preparo mi cacharraje electrónico para empezar, llega a simular un paseo por la calle de los “cacharritos” en una feria (lo de calle del infierno es un invento reciente para mí). No menos desasosegante en términos sonoros es cualquier movimiento de mobiliario aulario. Treinta chavales moviendo sillas y pupitres no tiene nada que envidiar al, imagino, complicado proceso de mudanza de nave de, un poner, IKEA. Lo de apoyar el peso sobre las sillas o mesas al arrastrarlas para producir más ruido es un descubrimiento tan atroz como prescindible.
No me digan que es un rasgo exclusivo de los adolescentes. No es mucho más silenciosa una reunión de profesores, o de vecinos en su bloque. Si ya nos metemos en celebraciones, despedidas de soltería, desayuno concurrido en un bar…accedemos a una categroría superior dentro de la pasión por el berreo en grupo.
En fin, que ya era hora de descansar de las agotadoras fiestas navideñas, pero la vuelta de hoy, lamentablemente no ha sido “música para mis oídos.” Vendría bien el verso de Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…” ¡Angelitos!
Sí ya sé que me repito, ya despotriqué contra el ruido AQUÍ y AQUÍ