CONTRA LA NUEVA EDUCACIÓN.

CONTRA LA NUEVA EDUCACIÓN I

El título no es mi postura ante la posibilidad de cambio en la Educación española, es el título de un libro de Alberto Royo, profesor de música en un instituto en Pamplona y dirigente sindical.

Ante el evidente descalabro de la Educación española, surgen a) iniciativas sensatas para mejorarla, b) innumerables ocurrencias insensatas, c) resistencias razonables a aventuras y experimentos y d) rechazo al cambio y a la innovación. El libro de Royo, que aparece en un momento oportuno, pretende atacar y ridiculizar la opción b y defender con argumentos sólidos la c. En mi opinión, acaba desprestigiando sin argumentos sólidos la opción a y regalando razones para una defensa numantina de la d.

Estoy de acuerdo con el autor en su esfuerzo por deslegitimar y ridiculizar los disparates que se han cometido (y se siguen cometiendo) en la Educación española. También de acuerdo con potenciar y prestigiar el papel del profesorado, en liberarlo de tareas burocráticas y de la responsabilidad de ejercer un sinfín de desempeños ajenos a su preparación. También coincido en su varapalo a la supuesta (falsa) solvencia de expertos que han dejado la Educación como un solar con sus errores. No puedo discrepar de su defensa de la importancia de la adquisición de conocimientos en la Educación y su rechazo a la extensión de la mediocridad, la irresponsabilidad y la ignorancia entre nuestros jóvenes. Me gusta su defensa del esfuerzo y del uso de la memoria como herramientas educativas.

Discrepo radicalmente de su defensa de la enseñanza tradicional como garante indubitable de excelencia educativa. Esa Arcadia educativa nunca existió (la conocí como alumno y como profe). Anteceder al disparate actual no garantiza su idoneidad. La innovación metodológica y didáctica seria (hay que estudiar y trabajar mucho más y mejor, pequeño inconveniente) es tan necesaria como prescindibles las ocurrencias de charlatanes educativos insolventes. Disiento de su ridiculización de iniciativas educativas serias que –a diferencia de su muy valorado conservadurismo educativo- sí están dando resultados, mejorando, entre otras cosas, la adquisición de conocimientos por los alumnos.

No le niego buena intención al autor: defender la calidad del sistema educativo público frente a disparates perpetrados por chamanes y charlatanes. Creo que consigue un efecto ¿no deseado?: justificar la resistencia a cambiar lo que no funciona y la autosuficiencia de quien desprecia las escasas innovaciones que se cuelan a duras penas en nuestras aulas. Hay chamanes, charlatanes e ineptos en todas las cavernas. No soy mejor profesor ni por marear la perdiz con innovaciones hueras ni por abrazarme al fracaso y –siempre- buscar las culpas fuera de mi caverna.

Hasta aquí, el artículo que publicó La Voz de Alcalá. Sigue un análisis un poco más detallado de algunas de las ideas contenidas en el libro. Para “jartibles” y muy aficionados.

CONTRA LA NUEVA EDUCACIÓN II.

Acabo de leer Contra la nueva Educación, de Alberto Royo (http://profesoratticus.blogspot.com.es/). No pretendo hacer una reseña crítica exhaustiva de su libro, ni defenderlo ni atacarlo. Hay multitud de ideas y posicionamientos sobre la Educación en el libro. Estoy de acuerdo con algunas, en desacuerdo con otras.

Sí pretendo discutir algunas de sus ideas, discernir entre lo que dicen defender y lo que –según mi opinión y experiencia- acaban apoyando. Obviamente, redactar (bastante bien, por cierto) un libro requiere un esfuerzo investigador y un rigor bastante mayor que mi par de horas escribiendo esta entrada en mi blog una tarde de viernes.

Vayamos por partes:

1.- Reconozco que me atrajo el título del libro y los titulares que los periodistas extraían de las entrevistas con Alberto Royo. El título podría sonar como una rebelión ante el desastre educativo (yo no podría sino coincidir) y los titulares de sus entrevistas resaltaban su compromiso con el aprendizaje, su valoración de los conocimientos como esenciales, su idea de que el esfuerzo es la base del proceso de aprendizaje. Al leer las entrevistas, entrar en su blog o leer algunas reseñas editoriales de su libro comprendí que identificaba esos valores con los que coincido con un enfoque educativo con el que no. Peor aun, identifica el seguimiento de esa enseñanza tradicional con la consecución de los objetivos que defendemos (él y yo).

2.- A lo largo del libro, analiza (bastante superficialmente, creo) ideas, proyectos enfoques “novedosos” y se esfuerza por ridiculizarlos por su ineficacia o por considerarlos culpables del desastre educativo en el que (también coincidimos) nos encontramos. Mi crítica a este enfoque viene de que ni todo lo nuevo ni todo lo viejo son buenos o malos per se, por su novedad o por su apego a la tradición. Su esfuerzo por ridiculizar novedades insolventes (que las hay) acaba justificando el inmovilismo (donde también chorrea la insolvencia). Hay insolventes en ambos campos, y enfoques eficientes en los dos. Ya tenemos larga experiencia con qué partes del enfoque tradicional funcionan (la insistencia en el esfuerzo, la solvencia académica del profesorado, el énfasis en la adquisición de conocimientos, el uso de la memoria…). Mantengámoslos como parte de nuestro trabajo (no todos los defensores a ultranza de una enseñanza tradicional consiguen o llevan a cabo estas ideas de las que blasonan). También es obvio que hay partes del enfoque tradicional que se han manifestado claramente ineficaces o contraproducentes. Eliminémoslos. No por tradicionales. Por inútiles o contraproducentes.

3.- Habla mucho de la importancia de la adquisición de conocimientos como parte esencial del proceso de aprendizaje. A mí también me parece esencial. Contar con medios casi infinitos para acceder a los conocimientos no garantiza que el alumno los adquiera ni los sepa usar. Hasta ahí de acuerdo. Otra vez, asegurar que el enfoque metodológico tradicional en nuestro sistema educativo sí garantizaba esta adquisición de conocimientos es una falacia. Lo era cuando estudiábamos solo una minoría. Lo es, mucho más, ahora con alumnos del siglo XXI con necesidades muy diferentes. Sé que multitud de disparates educativos supuestamente innovadores (no hay nada menos innovador que la ignorancia) no solo no garantizaban la adquisición de conocimientos sino que reforzaban algo mucho más peligroso: cómo aprender sistemáticamente a no aprender. También sé que una práctica educativa basada exclusivamente en la clase magistral, la dependencia absoluta del libro de texto (véase una divertida parodia de “Los Simpsons”: https://www.youtube.com/watch?v=MVnjsdK7vHg) y la sacralización de los exámenes tampoco se han mostrado –ni se muestran- muy efectivos.

4.- Me gusta la idea de que los alumnos tienen que asumir la responsabilidad de su aprendizaje, y que el esfuerzo y el rigor son esenciales para lograrlo. No me gusta que se identifique esta postura rigurosa y necesaria con una defensa de un método de trabajo que asume que la cantidad de trabajo es proporcional a los logros perseguidos, sin cuestionarse si ese trabajo es el más pertinente y adecuado a los objetivos y a las necesidades de los alumnos. En este capítulo, defiendo que repensemos el papel de los “deberes” escolares. Los deberes, como los exámenes, como las clases…pueden estar bien o mal diseñados y desarrollados. En mi experiencia, la sobrecarga de deberes suele castigar a los buenos alumnos con un trabajo que no necesitan (ya han aprendido en “buenas” clases) y les quita tiempo y dedicación para tareas que sí podrían ayudarle a seguir aprendiendo (lectura, investigación, proyectos, videos, visitas…ESTUDIAR). Muchos alumnos voluntariosos pero menos capacitados han aprendido a hacer las tareas de manera mecánica sin esforzarse por hacerlas correctamente, sin APRENDER. Otro porcentaje enorme de alumnos, sencillamente, no hace su trabajo fuera de las aulas.

Coincido con Royo. Estamos enseñando a nuestros jóvenes algo peligrosísimo y funesto: no pelear por su futuro (que los necesita muy cualificados y versátiles), aprenden a esperar que alguien les saque las castañas del fuego ante la más mínima dificultad. También coincido en el rechazo a la infantilización irresponsable de los alumnos (de todas las edades).

5.- Ya me cansa la idea de una Arcadia educativa que nunca existió. Evidentemente, generaciones de españoles recibieron instrucción de calidad, aprendieron. Precisamente en un entorno socio-cultural mucho más adverso que el actual. Me niego a creer que el supuesto éxito (de un 15% de la población, aprox.) se basara en la idoneidad de la metodología usada, en la preparación e implicación del profesorado. La selección “natural-económica-laboral” del alumnado obraba el milagro, ayudada por la idea de que la Educación sí constituía una palanca poderosa de progreso social. Defiendo la Educación pública como arma poderosa de transformación social. Precisamente por esa responsabilidad, somos los docentes de la Educación pública quienes deberíamos liderar la defensa de la excelencia educativa, sea con innovación o con defensa de los enfoques o procedimientos que han garantizado el éxito de nuestro trabajo: APRENDER (no, no basta con enseñar, tiene que producirse el aprendizaje).

6.- Se mete en un pequeño jardín al ridiculizar los proyectos bilingües o plurilingües. Otra vez empieza teniendo razón y acaba defendiendo ideas contraproducentes. En efecto, llamar bilingües a programas en los que profesores con un mísero B2 (cuando empezaron los programas era una broma aun más pesada) enseñan sus asignaturas en inglés es un disparate. Los programas bilingües, además de la imprescindible presencia del inglés (en la mayoría de los casos) en clases, actividades y materiales, implica la asunción de principios de innovación educativa que rara vez se llevan a cabo. Ya conocemos sobradamente el “éxito” de la enseñanza “tradicional” del idioma inglés en nuestras escuelas, institutos y universidades, uno de los mayores fracasos de nuestro sistema educativo.

No puedo garantizar el éxito de la innovación educativa en la enseñanza de inglés, sí certifico después de treinta años en el tajo el fracaso absoluto de la enseñanza de inglés en nuestro país. En Educación Primaria impartido por profesores con formación pedagógica teórica y (en muchos casos) con muy pobre dominio de la asignatura y/o del idioma. En ESO, con el trabajo basado en el uso omnipresente del libro de texto y la enseñanza y evaluación de gramática y vocabulario (a alumnos que ya han aprendido a no aprender el idioma). En este caso por profesores con nula formación didáctica (en muchos casos) a los que se les supone un dominio alto de la asignatura y/o el idioma. En Bachillerato prolongamos el dislate de la ESO con una selección de alumnos, seguimos abrazados al libro de texto y a la enseñanza basada en ejercicios gramaticales y léxicos. Para redondear el disparate, dedicamos un tiempo descomunal de un curso crucial (2º de Bachillerato) a preparar un exiguo examen que deberían ser capaces de superar en la ESO. La Universidad es el culmen del disparate y la fábrica de los que han de perpetuarlo en el futuro.

Forzar el “bilingüismo” en alumnos con serias carencias en materias y/o destrezas más urgentes (lengua, matemáticas, lectura, expresión oral y escrita…) que el dominio del inglés es una insensatez. Garantizar el dominio de –al menos- el inglés por nuestros alumnos es muy necesario ¡y urgente!

7.- La experiencia acumulada suele aparecer como elemento importante a la hora de defender posturas sobre cambios en la Educación. Estoy de acuerdo. Mi único bagaje pedagógico y/o didáctico es mi experiencia: como estudiante, como profesor, como cargo directivo en un centro público y como padre de alumnos. Estoy de acuerdo con valorar la experiencia de quienes puedan aportar algo positivo al funcionamiento de una escuela o instituto, pero la sola acumulación de experiencia no necesariamente implica aportación válida. No quiero que me influya la experiencia de quien resta más que suma, de quien se haya demostrado incapaz de desarrollar eficazmente su trabajo en las aulas en 10, 20 o –como yo- 30 años trabajando en aulas.

8.- Defiende la autonomía del profesor para realizar su trabajo con libertad, sin intromisiones ni dirigismo. “Cuando cierro la puerta de mi aula, se quedan fuera las leyes educativas disparatadas, los inspectores burócratas, los padres inquisidores…¡que me dejen trabajar en paz!” (la frase es mía, no del libro, pero recoge un sentir bastante extendido entre mis compañeros de tajo). De acuerdo. Valoro la enorme autonomía que tengo como profesor para hacer mi trabajo en las aulas. Encuentro un inconveniente a este abrazo incondicional a la autonomía docente en su aula. Esa impenetrabilidad tan valorada también funciona para aislar al docente del trabajo del resto de profesores, de aprender de/con otros docentes. Impide también minimizar el efecto perverso de una mala práctica docente, protegida por esa puerta del aula tan hermética (para lo malo y para lo bueno). Defiendo una política de aulas abiertas en los centros educativos, que los inspectores hagan su trabajo (inspeccionar, supervisar, apoyar) sin dedicarse a llenar de burocracia inútil el trabajo del docente, que yo pueda aprender a usar las TICs, a gestionar los espacios y los tiempos, a trabajar en equipos, a crear materiales, a programar actividades, a gestionar la convivencia en el aula…de mis compañeros más experimentados, formados o capacitados que yo.

9.- Ataca hasta ridiculizar la profusión de términos tan eufónicos como vacíos en el trabajo de los docentes (les ahorro la lista). Estoy de acuerdo. No obstante, antes de eliminarlos de un plumazo sería conveniente analizar de manera seria y sensata cuáles esconden más trabajo inútil, cuáles sí tienen detrás aspectos interesantes para el trabajo docente. Sobra todo lo prescindible o fatuo (hay mucho), pero sigue faltando coordinación, formación, actualización didáctica y tecnológica entre el profesorado de todos los niveles.

10.- Pedagogistas contra antipedagogistas, una guerra innecesaria, una pérdida de energías. La irrupción del “pedagogismo” (no necesariamente de la Pedagogía) en las reformas educativas que revolvieron el funcionamiento de escuelas e institutos ha granjeado a los pedagogos un notable (y a veces merecido) rechazo por parte de los enseñantes. Tengo que confesar que he participado de ese temor a las ocurrencias pedagógicas que han dejado nuestra Educación al borde del colapso. Como en los apartados anteriores, es necesario distinguir los doctos de los ineptos. Obviamente, tengo mucho que aprender de pedagogos serios y solventes y mucho que temer de los que Royo denomina merecidamente “cantamañanas”. Son necesarios los departamentos de Orientación en los centros educativos si aportan liderazgo educativo, apoyo al profesorado, capacidad de mejorar la práctica docente en el centro, solvencia profesional, implicación en el proyecto educativo. Si no, se convierten en prescindibles. Atacar a los pedagogos y sus posibles aportaciones a la mejora de nuestro sistema educativo puede ser un justo y sensato desahogo para el que sobrevive en las trincheras de las aulas, pero también puede ser improcedente descalificar “a manta”. El ataque al “pedagogismo” por un buen enseñante (sí, el que todos queremos como profe de nuestros hijos: tradicional o innovador pero capaz, implicado y solvente) puede ser respetable y procedente. No me merece tanto respeto que un enseñante oculte su insolvencia profesional oponiéndose a reformas e innovaciones.

Hay mucho más contenido del libro que analizar, coincidencias y desacuerdos. Como mínimo, sirve para alentar un debate interesante sobre los cambios necesarios en nuestra Educación. No creo que Alberto Royo sea un profesor insolvente, ni que sea un inadaptado a los nuevos tiempos como enseñante. Por lo que he leído y escuchado, lo contrataría sin dudar como profesor de música (propongo abiertamente este criterio para la selección del profesroado en las oposiciones). Me identifico con su vibrante epílogo en defensa de la Educación pública de calidad, con su orgullo como profesor, con su defensa de la capacidad de transformación de vidas que tiene en su poder el buen trabajo docente. Mi pega es que el rechazo a la innovación en la Educación puede contener tanto una necesaria defensa de lo que siempre funcionó (el esfuerzo, el rigor, el aprendizaje de conocimientos, el mérito…) como un innecesario apego a lo que se ha demostrado ineficaz o contraproducente.

Mi conclusión (les/me podría haber ahorrado toda esta perorata anterior) es que necesitamos a los mejores maestros y profesores. Ni leyes educativas inútiles, ni “pedagogismos” y ocurrencias prescindibles, ni familias no colaboradoras, ni presupuestos insuficientes podrían arruinar el trabajo del mejor cuerpo de enseñantes posible.

Aquí tienen más material relacionado con el libro:

Entrevistas con Alberto Royo: http://videos.elmundo.es/v/0_qb48iduf-entrevista-a-alberto-royo-profesor-y-autor-de-contra-la-nueva-educacion?count=0 ; http://www.elmundo.es/cronica/2016/03/12/56d9c02846163f05388b4583.html  

http://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-alberto-royo-escuela-no-esta-para-hacer-felices-ninos-sino-para-formalos-201604240827_noticia.html

Reseñas del libro: http://www.comunsinsentido.com/2016/02/alberto-royo-contra-la-nueva-educacion.html

http://juanfratic.blogspot.com.es/2016/02/la-nueva-educacion-contra-la-nueva.html

http://www.catalunyavanguardista.com/catvan/contra-la-nueva-educacion/

Intervenciones de César Bona: https://www.youtube.com/watch?v=IVr8OwZTlrw   TED: https://www.youtube.com/watch?v=LcNWYNp2MSw (no es Alberto Royo muy partidario, inlcuso parodia el título y la portada de su libro “La nueva Educación”) y María Acaso: https://www.youtube.com/watch?v=ZFWG8zBmUXM defendiendo la “Nueva Educación”.

Artículo de El Mundo: pedagogistas contra antipedagogistas. http://www.elmundo.es/sociedad/2016/02/26/56cf7f5a46163f110e8b45ac.html

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